Capítulo 3

Día 2: Martes. Capítulo 3.

Por unos segundos contempló a la mujer que estaba en el suelo pero luego escuchó un ruido, volteó su cabeza y vio un grupo de hombres a lo lejos que salían del bosque cercano y se acercaban rápidamente. Con las palabras de la mujer dando vueltas en su mente, empezó a buscar en dónde poner a salvo el cristal pero al sentir que los hombres ya estaban demasiado cerca, lo único que se le ocurrió fue meterlo en su sostén. Y allí lo puso, escondido debajo de su seno izquierdo. Al ver hacia atrás de nuevo, se encontró con cinco hombres que se detenían detrás de ella. No pudo dejar de pensar si el equipo de futbol italiano había venido al rescate. Todos ellos se veían bastante atractivos, cabellos negros, ojos azules y uniformados con trajes y armaduras que parecían medievales. Se levantó lentamente con la espada aún en su mano y alzó la mirada pues todos ellos eran al menos diez centímetros más altos que ella. Eso ya era mucho decir considerando que ella misma era bastante alta.

Uno de ellos habló en un lenguaje que ella no entendió y al ver su cara de confusión, todos reaccionaron sacando sus espadas de las fundas que tenían en su cinturón. De repente, uno de ellos trató de aproximarse a la otra mujer mirándola maliciosamente. Instintivamente, Antonia dio un paso hacia atrás y levantó su espada también, dirigiéndola hacia el que se había movido: – No te acerques -dijo con una seguridad que ni ella se imaginaba que tenía. El hombre que había hablado, lo hizo de nuevo, claramente extrañado. Luego soltó una carcajada y con un hábil movimiento de su mano, hizo un corte con su espada en el hombro izquierdo de Antonia.

Ella soltó un grito de dolor y su seguridad se fue transformando poco a poco en terror al darse cuenta de que ellos no estaban allí para ayudar. Mirando a su alrededor, notó que uno de los hombres cargaba un arco en su espalda junto con un carcaj que tenía flechas iguales a la que ella había sacado de la pierna de la mujer. La conclusión era simple, ellos habían sido quienes la habían atacado.

El hombre que la hirió seguía mirándola fijamente como esperando que algo pasara y al ver que Antonia seguía de pie sosteniendo su espada, se acercó y golpeó tan fuertemente su espada contra la de ella que inmediatamente, con un quejido, ella la dejó caer al suelo al sentir como si sus dedos se hubiesen quebrado con el impacto. El hombre se acercó más a ella, diciendo más cosas en su idioma, mirándola de arriba abajo como examinándola mientras los demás empezaban a rodearlas, y ella sintió más temor del que jamás había sentido en su vida. Sin retirar la mirada de sus ojos, el hombre enfundó su espada y con su mano derecha la tomó de su hombro herido. Ella sintió un dolor tan fuerte y tan agudo que, aunque quiso gritar, al abrir su boca ningún sonido salió. Con sus ojos aguados se dio cuenta de que el dolor no venía de su hombro. Venía de su flanco derecho donde el hombre le había enterrado una daga.

El hombre dio un paso hacia atrás y le pasó la daga ensangrentada a otro. Dio unas instrucciones y ambos se fueron corriendo hacia el bosque de donde habían venido, dejando a los demás a que terminaran su labor. Mientras Antonia veía cómo sus manos se manchaban con la sangre que ella trataba de mantener dentro haciendo presión, los hombres se acercaron a la mujer sin vida, le quitaron algo parecido a un reloj y empezaron a buscar entre sus pertenencias.

Seguramente buscan el cristal.

Dándose cuenta de que le había fallado a la mujer y más aún, de que iba a morir allí, sola y en medio de lo que creía era una alucinación, cayó arrodillada mientras veía por su costado derecho cómo uno de los hombres buscaba frenéticamente en el bolso de la mujer.

En ese momento, sintió que algo pasó por el frente de ella muy rápido y el hombre cayó al suelo. Ahora él tenía una flecha clavada en su espalda. Con su última energía, volteó su cabeza y vio que cinco de las extrañas águilas enormes aterrizaban cerca y de ellas bajaban varios hombres. O ella creía que lo eran pues todos traían puesto un traje de aspecto metálico, de color verde oscuro, que les cubría todo el cuerpo excepto los ojos y la boca. En el pecho tenían un peto del mismo material, que terminaba en anchas franjas flexibles que llegaban hasta la mitad de sus muslos, al estilo de una falda. Se acercaron rápidamente, varios de ellos disparando flechas hacia todas direcciones y cuando los alcanzaron, todos sacaron espadas de sus espaldas. Sintiendo cómo la vida se le escapaba del cuerpo, Antonia cerró sus ojos y cayó inmóvil, boca abajo, al lado de la mujer.

Mientras se enfrentaban con espadas con los últimos hombres pelinegros que quedaban, dos de los hombres que acababan de llegar se acercaron rápidamente a las mujeres.

– ¡Niki! ¡Ella aún está con vida! -dijo uno de ellos en su propio idioma, sintiendo el débil pulso de Antonia. Lord Nicolás, uno de los jefes de la Armada, guardó su espada, se acercó y la miró extrañado.

– ¿Quién es ella? -preguntó Lord Nicolás dirigiendo la mirada a sus hombres, pero todos negaron con un gesto de su cabeza-. ¿Y Tara? -dijo esperanzado mirando al que se encontraba al lado de la otra mujer. De nuevo, la respuesta fue una negación con la que en su cara se reflejó nuevamente la tristeza-. ¿Y el cristal? -preguntó mirándolos a todos de nuevo-. Revisen los cuerpos -ordenó antes de recibir otro meneo de la cabeza como respuesta. Pero la búsqueda fue en vano pues no había rastro del cristal por ninguna parte.

Lord Nicolás se acercó a Tara y acarició su cabello: – ¿Qué estabas tratando de hacer? -murmuró y sus ojos aguados expresaban el dolor de ver a aquella conocida mujer, sin vida en la grama.

– ¿Niki? -llamó el hombre que se encontraba al lado de Antonia, sacándolo de su tristeza-. ¿Qué vamos a hacer con ella? ¿Crees que venga del País del Este? Ese atuendo… -dijo mirando con desdén la camiseta y el pantalón que ella traía puestos. Sus ojos se detuvieron en su muñeca izquierda-. No trae un Lector… -dijo un poco preocupado.

Lord Nicolás retiró de su muñeca algo similar a un reloj y lo puso en la muñeca de Antonia. A los pocos segundos aparecieron unos símbolos en la pantalla que significaban ‘ADN no identificado’. Lord Nicolás hizo un gesto de preocupación mientras le retiraba el Lector y lo colocaba de nuevo en su muñeca.

– No podemos llevarla con nosotros. ¡No sabemos quién es! Puede ser una de los sentinos -dijo otro de los hombres.

– ¡Pero estaba ayudando a Tara! …Y si fuera uno de ellos, ¿por qué querrían matarla? ¡Tiene veneno en su herida! -afirmó mostrando el corte en su hombro.

– ¡No tenemos seguridad de que estaba ayudando a Tara!

– Nicolás, ¡no podemos dejarla aquí!

– Leandro tiene razón, Víctor. No somos como ellos -dijo Lord Nicolás colocando su mano en el hombro de Víctor-. Si está con los sentinos, tal vez podamos obtener información de ella. Pero ahora le queda poco tiempo. Tenemos que llevarla a la Ciudadela -dijo mientras Leandro sacaba una jeringa del bolso que llevaba y le inyectaba una sustancia en cada herida, tratando de detener el sangrado-. Roberta, lleva a Tara contigo -continuó diciéndole a otro soldado, quien por su armadura se notaba claramente que era una mujer y por entre un pequeño espacio en su nuca, salía una enorme trenza que le llegaba hasta la mitad de su espalda-. Yo le avisaré a Fíneas para que tenga todo preparado y pediré que la guardia de seguridad esté esperándonos allá.

Lord Nicolás cargó a Antonia en sus brazos y con la ayuda de los otros hombres la colocaron y aseguraron en su ave. Colocaron el cuerpo sin vida de Tara en el ave de Lady Roberta, otro de los jefes de la Armada, y todos se fueron volando hacia la Ciudadela.

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