Caligrama, la editorial que va a imprimir mi libro, ha considerado el manuscrito una buena obra y me han otorgado el Sello de Talento de la editorial, el cual ahora se ve en la portada del mismo. Pronto tú también podrás descubrir a Meridia!!

Novela de aventuras, fantasía y romance escrita por P.C. Cuéllar
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¡MERIDIA YA CASI ESTÁ AQUÍ!
Durante varios minutos no sucedió nada y cada uno fue poniéndose cómodo. Fíneas y Lorna se sentaron frente a las pantallas donde ambos intercambiaban los conocimientos que habían adquirido recientemente sobre los humanos. Lord Loring, Lord Marco, Lady Roberta y Lord Nicolás se encontraban de pie en el centro del cuarto, discutiendo las últimas decisiones del Consejo y la forma como había sido atacada Tara.
Inesperadamente, la alarma de una de las pantallas empezó a sonar. Todos voltearon a mirarla mientras se escuchaba la voz de Kayla en el cuarto: – Movimiento en los dedos de la mano izquierda detectado -informó e inmediatamente Fíneas se acercó, mientras que Lorna prefirió ubicarse detrás de los Lords, obviamente buscando su protección.
Efectivamente, Antonia estaba cobrando conciencia. Además de sus dedos, consiguió mover un poco su cabeza y se notaba cómo su respiración se volvía más difícil y entrecortada. De su boca empezaron a salir unos leves quejidos y su mano izquierda, muy lenta y temblorosamente empezó a buscar su costado derecho, fuente de un inmenso dolor.
Al ver el movimiento de su mano, los Lords y Lorna reaccionaron de inmediato.
– Kayla, armadura completa -dijeron todos e inmediatamente se observaba como su vestimenta, incluyendo la capa, se transformaba poco a poco en una armadura que iba desde el cuello hasta los pies, como si se fuera formando por pequeñas escamas de color verde oscuro metálico, y además del peto y una corta falda, incluía guantes y un casco que solo dejaba descubiertos los ojos y la boca. Espadas, dagas y arco y flechas sobresalían ahora de sus espaldas y cinturas.
Fíneas, aún en su bata azul, se sentó al lado de Antonia. Podía sentir su dolor… Poco a poco ella consiguió abrir sus ojos lo suficiente como para distinguir una figura a su lado. Intentó hablar pero no encontraba su voz y un dolor agudo la embargaba por completo.
– Tranquila, todo va a estar bien. Estoy cuidando de ti -dijo Fíneas en meridio. Lo único que escuchó Antonia fue como un siseo-. Mmm… ¿qué es todo eso? -dijo haciendo un gesto como si algo lo incomodara pero pronto se recompuso y la miró de nuevo-. Tranquila, todo va a estar bien. Estoy cuidando de ti -repitió Fíneas hablando más lentamente.
Antonia consiguió fruncir un poco el ceño mostrando que no entendía nada. A medida que cobraba más consciencia, los quejidos de dolor aumentaban.
– No me entiende -concluyó Fíneas con desconsuelo.
– Necesitamos que diga algo para saber qué idioma habla -comentó Lorna.
Al escuchar otra voz, Antonia giró un poco su cabeza hacia el centro de la habitación hasta que sus ojos se toparon con unos seres en armaduras verdes, como los de la planicie. Inmediatamente, recuerdos de los hombres que la atacaron vinieron a su mente y empezó a respirar agitadamente a bocanadas. Intentó gritar pero su voz aún no salía. Con la poca fuerza que había reunido, trató moverse hacia el otro lado de la cama. Quería alejarse de esos seres, pero no podía. No era capaz de moverse, el dolor era demasiado.
En meridio, Kayla reportaba que los signos vitales se encontraban en valores fuera de lo normal y en varias pantallas aparecían mensajes parpadeantes advirtiendo sobre los movimientos bruscos de Antonia.
– ¡Aléjense! -exclamó Fíneas enojado-. ¡Guarden eso!
Al escucharlo, Antonia dirigió su mirada hacia él y Fíneas pudo ver que su cara estaba marcada con una expresión de terror y que sus ojos estaban aguados.
– Ayú…dame -le dijo en español apenas murmurando y entre sollozos, mientras lágrimas empezaron a salir de sus ojos.
– ¿Qué dijo? -preguntó Lorna y Antonia volvió a dirigir su mirada hacia ellos. Nuevamente alterada, intentó moverse de la cama pero fue inútil. Con cada esfuerzo que hacía, sentía como si una parte de su costado quisiera separarse de su cuerpo.
– ¡Quítense eso! -dijo Fíneas en voz alta, esta vez como una orden-. ¡Tiene mucho dolor y está asustada! -dijo mirándolos enfadado-. Y está llorando… -agregó curioso al ver las lágrimas en su cara. En ese momento, en el centro del cuarto se escuchaba la voz de todos, pidiéndole a Kayla que retirara la armadura. Cascos, espadas, dagas y flechas desaparecieron y todos volvieron a quedar con la ropa con que vinieron, incluso sus capas.
Fíneas tomó un pañuelo de la mesita al lado de la cama, se lo mostró a Antonia para que viera que no era nada extraño y empezó a limpiarle las lágrimas.
– Ayú…dame -consiguió decir Antonia más claramente esta vez. Miró hacia el centro del cuarto esperando ver de nuevo a los seres vestidos de verde pero en su lugar encontró un grupo de personas que se acercaban lentamente.
Fíneas tomó de la mesita un recipiente y con ayuda de un gotero tomó un poco del líquido que contenía y lo colocó en algo parecido a un pequeño parche redondo.
– ¿Qué estás haciendo? -preguntó Lord Nicolás al ver que Fíneas levantaba la cobija de Antonia a la altura de su herida.
– Le coloco un analgésico -respondió mientras adhería el dispositivo a la piel de ella-. Tiene demasiado dolor. Jamás se recuperará sintiéndose así -explicó-. Tranquila, todo va a estar bien. Estoy cuidando de ti -dijo nuevamente Fíneas en meridio mientras seguía limpiando suavemente su cara.
Antonia dejó salir un sollozo y lentamente sus ojos se cerraron de nuevo.
– ¿’Ayu-dame’? ¿Qué significa eso? -preguntó Lord Marco mirando a Lorna.
– Parece una de las lenguas latinas… -dijo Lorna pensativa-. Pero creo que no son dos palabras, es una sola: ‘Ayúdame’ -explicó.
– ¿Inglés? -sugirió Lord Nicolás.
– No, el inglés suena diferente -contestó Lorna abstraída-. ¿Francés, tal vez?… -se preguntó a sí misma mientras caminaba mirando al piso y la tristeza la embargó por un momento. Tara lo habría identificado de inmediato… Debo aprender más sobre esos idiomas antiguos si quiero hacer un buen trabajo, como ella… Después de dar unas cuantas vueltas, de repente se detuvo con una expresión de satisfacción en su cara, pues había encontrado en su cabeza lo que buscaba-. Español -murmuró.
Se dirigió a los demás y les dijo con certeza: – ¡Es español! –repitió y se dirigió a una de las pantallas donde le solicitó a Kayla el acceso a un traductor de ese idioma.
Los demás se acercaron a ella, también queriendo saber qué había dicho la humana.
– Significa ‘ayúdame’ –explicó Lorna, mostrándoles en la pantalla la palabra equivalente en meridio.
– Muy bien, Lorna -expresó con satisfacción Lord Loring-. Ve al salón de archivos y busca la base de datos de ese idioma para activárselo a Kayla. Debemos estar listos para cuando despierte otra vez.
– Sí, milord. Voy para allá ya mismo -concordó Lorna, dirigiéndose a la puerta.
– Lorna… -dijo Lord Loring llamándola y ella volteó a mirar-. Podemos esperar unas horas a que amanezca -agregó sonriendo al ver su disposición.
– Si me lo permite, milord, quisiera hacerlo ahora mismo -expresó Lorna con confianza.
– Entonces alguien debe ir contigo… -empezó a decir Lord Loring pero antes que pudiera terminar, escuchó la voz de su hijo.
– Nosotros vamos con ella -dijo mirando a Lady Roberta, quien asintió y los tres salieron del cuarto.
Lord Loring y Lord Marco se disponían a salir también cuando notaron que Fíneas estaba aún en el cuarto.
– Yo me quedo. Prefiero pasar el resto de la noche aquí por si algo pasa.
– Ten cuidado y mantennos informados -expresó Lord Loring y salieron del cuarto.
En la madrugada, la voz de Kayla se escuchó en los cuartos de varios de los habitantes de la ciudadela. Fíneas, Lorna, Lord Loring, Lord Nicolás, Lady Roberta y Lord Marco, fueron despertados con la noticia de que la humana parecía estar tomando conciencia.
Fíneas fue el primero en llegar, saludó a la guardia que seguía en la puerta y apenas entró, Kayla lo saludó.
– Buenas noches, médico Fíneas.
– Hola Kayla, Hola Anette -dijo mirando a la médica que estaba de turno, su bata color lila resaltaba el cabello negro que chorreaba por la espalda en una cola de caballo-. Actualízame -le dijo poniéndose su bata azul mientras se acercaba a Antonia y miraba las pantallas que tenía al lado. Aún estaba inmóvil, a pesar de la alerta de Kayla.
– Buenos días, señor -contestó Anette-. Ritmo cardíaco, tensión y oxigenación todos dentro de la normalidad -dijo mientras señalaba los reportes en las pantallas desde lejos, queriendo mantener su distancia de la humana-. Kayla ha detectado cambio del patrón de sus ondas cerebrales, lo que indica que puede tornarse alerta pronto -dijo con bastante nerviosismo en su voz, sus ojos azules un poco aguados de solo pensar que la humana pudiera despertar en cualquier momento.
– Gracias, Anette. Ve a casa -dijo al notar su aflicción-. Yo me encargo ahora.
Rápidamente, Anette se dirigió a una puerta ubicada en la esquina del cuarto, que daba hacia una habitación más pequeña de uso privado del médico de turno. Con sus pertenencias colocadas de cualquier manera encima de su bata, salió apresuradamente con la intención de no darle a Fíneas la oportunidad de cambiar de idea.
Los demás llegaron minutos después. Todos ellos traían sobre sus ropas un peto de cuero que tenía un gancho en cada hombro, de donde colgaba una capa de color verde oscuro que les llegaba a las rodillas. Posterior a los saludos, se pararon cerca de la cama a la expectativa de lo que pudiera suceder.
Lord Marco hizo entrar a la guardia que vigilaba en la puerta y les dio instrucciones de cerrar completamente el paso y proteger a Lorna y a Fíneas si la humana se levantaba con intenciones de atacar.
– Entendido, mi señor -contestaron todos y tomaron de nuevo sus posiciones en la puerta.
– No creo que vayan a necesitar nada de esto -dijo Fíneas señalando a la guardia y las largas capas que todos traían-. Su herida está fresca, perdió bastante sangre y ya pasó el efecto del analgésico. No creo que se pueda mover, mucho menos atacar a alguien.
– Bueno, como tú lo has dicho, no conocemos su organismo. No sabemos si está simulando todo esto esperando el momento oportuno para atacarnos. No correremos ningún riesgo, Fíneas -afirmó Lord Marco con la experiencia de quién ha estado muchos años en el campo de batalla. Fíneas hizo un gesto con sus manos, dejando ver claro que sabía que en ese momento no era él quien mandaba en el hospital.
Al caer la tarde, Fíneas seguía en el cuarto de hospital buscando información que le pudiera ayudar a identificar las sustancias desconocidas en la sangre de Antonia. A su parecer, una de ellas, o la combinación de algunas de ellas, funcionaba como antídoto para aquel veneno que había acabado con la vida de tanta gente hasta el momento. Con la ayuda de Lorna, la actual encargada del Salón de Archivos, consiguió lo que más pudo sobre la historia de los humanos y su anatomía, para ver si algo le servía o al menos le daba una idea sobre qué buscar. Había sido un poco difícil conseguir esta información pues normalmente podían acceder a un catálogo guardado en un cristal de cuarzo, pero ahora que había desaparecido, tuvieron que buscar la información manualmente. Además, Lorna era la asistente de ese salón hacía apenas unos años y desconocía la ubicación de muchos documentos, lo que retrasó aún más la búsqueda. La Guardiana, como se le llamaba a quien estuviera a cargo de los archivos e historia del pueblo meridio, había sido hasta la mañana de ese día, Tara, la mujer que había muerto en la pradera.
Lord Nicolás entró al cuarto de hospital acompañado de Lord Loring, su padre y líder de la ciudad, quien recibía el nombre de ‘mandatario’. Era un hombre alto, de unos sesenta años, con un color de ojos entre gris y verde, iguales a los de su hijo, cabello blanco, largo hasta los hombros y que llevaba amarrado en una media cola en la parte trasera de su cabeza. Venía con ellos Lord Marco, el jefe general de la Armada y Lady Roberta. Lord Marco era un hombre de unos cincuenta y cinco años cuyo cabello negro bañado de canas apenas le tapaba las orejas. Todos llevaban puesta una armadura en el pecho de la cual sobresalía la empuñadura de una espada en sus espaldas. En el cinto, una daga en su vaina se veía colgando del costado izquierdo. Por su parte, Lady Roberta era una mujer esbelta, de unos cuarenta años y en su espalda, por entre su cabello castaño claro, se veía un arco y un carcaj lleno de flechas.
Los cuatro, con el ceño fruncido como muestra de su preocupación, se acercaron a la cama donde estaba acostada Antonia, ahora abrigada con un cobertor.
– ¿Esta es la humana? -preguntó Lord Loring, el mandatario.
– Sí, ella es -le respondió su hijo mientras le mostraba la herida de su hombro.
– No se ve muy diferente, ¿no? -dijo más como un comentario que como una pregunta, examinando lo que podía ver de ella con un poco de disgusto en su cara.
– No, milord. La diferencia está en sus genes. No se puede notar en su exterior -respondió el médico Fíneas mientras se acercaba a ellos.
– ¿Alguna novedad? ¿Cuándo despertará?
– No sabría decirle, milord -contestó Fíneas y en su cara se notaba su desconcierto-. Debió despertar hace horas… pero como lo he dicho, no conocemos su organismo. Al parecer la pequeña dosis de sedativo que le suministramos es en realidad demasiada para ella.
– Vamos a necesitar a alguien que hable humano, si queremos comunicarnos con ella -dijo Lord Marco, el jefe de la Armada, mirando a Antonia con la curiosidad de quien ve a un animal de zoológico.
Unas carcajadas camufladas se escucharon, provenientes de Lord Loring y Fíneas: – Los humanos no hablan humano, Marco -explicó Lord Loring-. Tienen tantos idiomas que ni siquiera se entienden entre ellos -comentó con un toque de reproche en su voz.
– ¿Y cómo vamos a saber en qué idioma hablarle cuando despierte entonces?
– Necesitamos a alguien experto en lenguas humanas. No podemos activarle a Kayla todos los idiomas del planeta… ¿Quién nos puede ayudar? -preguntó Lord Loring.
– Tara era la que los conocía -respondió su hijo-. Tal vez Lorna pueda ayudarnos o sepa de alguien.
– Kayla, localiza a Lorna. Que esté lista para una videoconferencia en cinco minutos.
– Ciertamente -contestó la computadora Kayla.
Desde el mismo cuarto del hospital, Lord Loring se comunicó con Lorna, la asistente del Salón de archivos, y le explicó la situación. Lorna le informó que ella tenía conocimiento básico de algunas de las lenguas principales: – Hace unos años, -dijo una mujer de unos treinta y cinco años, cuyo abundante cabello crespo y rojizo parecía ocupar toda la pantalla- Tara nos dio un curso a varios sobre algunos idiomas. Niki y Robi lo tomaron también…
Lord Loring y Lord Marco voltearon a mirar a Lord Nicolás y a Lady Roberta al tiempo que ellos dos cruzaron miradas entre sí.
– Yo no recuerdo nada de ese curso… -confesó Lady Roberta al ver las miradas interrogantes de los otros Lords, quienes ahora dirigían su mirada a Lord Nicolás.
– Ni yo… -dijo pensativo. El comentario había avivado varios recuerdos de todos ellos juntos intentando aprender algo de lo que Tara explicaba-. Eso fue solo un requisito que Tara puso para darnos el ascenso. Nunca más volvimos a usarlo…
– También estaba con nosotros Jamal, -interrumpió Lorna- el de comunicaciones, pero como usted sabe, viajó a la frontera a arreglar un asunto -aclaró. La verdad era que en la actualidad solo los que trabajaban en el Salón de Archivos mostraban algo de interés por los idiomas de los humanos.
– Gracias, Lorna -dijo Lord Loring-. Te necesitaremos para intentar comunicarnos con la humana. Kayla te localizará cuando ella despierte.
– Sí, milord, claro que sí. Voy a revisar algunos apuntes y estaré pendiente -dijo Lorna despidiéndose y la pantalla se volvió negra al terminar la comunicación.
– Muy bien. Ve a casa Fíneas, debes estar reposado para cuando ella despierte -dijo Lord Loring notando su cansancio-. Además, Leonora está muy alterada de que estés tan cerca de la humana. Deja a un médico de confianza aquí y pídele a Kayla que nos informe cuando esté despertando. Tenemos varias preguntas para hacerle… -indicó y su mirada se quedó fija en esa mujer inmóvil que tenía al Consejo de cabeza, aún sin decir nada-. El reemplazo de la guardia llegará en media hora -dijo saliendo de su abstracción. Colocó su mano en el hombro de Fíneas a manera de despedida y se retiró del cuarto junto con Lord Marco y Lady Roberta.
– La Ceremonia de Paso de Tara será a las nueve, esta noche. Nos vemos allá -dijo Lord Nicolás y salió acompañando a su padre.
Mientras escuchaban el reporte del computador llamado Kayla, Fíneas y sus asistentes organizaban la medicina necesaria de acuerdo al análisis. En otra pantalla se iba registrando el reporte con un conteo regresivo del tiempo estimado de vida.
– Analgésico, costura, sedante, regenerador -le dijo Fíneas a sus asistentes y ellos de inmediato se dispusieron a tratarla.
– Hombro izquierdo: herida lineal de cuatro centímetros que compromete únicamente tejido blando, provocada por arma cortopunzante -continuó Kayla con su reporte-. Sustancia ciento veintidós detectada. Estado: fuera de peligro. La sustancia ciento veintidós ha sido neutralizada.
Inmediatamente las miradas de Fíneas y Lord Nicolás se cruzaron: – ¿Qué? -dijeron ambos hombres al tiempo. Fíneas se acercó a la pantalla donde las palabras ‘sustancia ciento veintidós neutralizada’ parpadeaban constantemente. Luego tocó la pantalla con la punta de sus dedos, justo en el local donde se encontraba la herida-. Kayla, proyecta, por favor.
– Ciertamente –contestó Kayla y en la pantalla se veía ahora una imagen que Fíneas podía manipular con su mano.
– ¿Qué está sucediendo? –se preguntó Fíneas a sí mismo mientras que con su mano rotaba la imagen de la pantalla para poderla apreciar desde diferentes ángulos-. Kayla, explica último diagnóstico -ordenó.
– Ciertamente. La herida ubicada en el hombro izquierdo -elaboró Kayla- denota presencia de la sustancia tóxica ciento veintidós, más comúnmente conocida como ‘dormidera’. La sustancia no se encuentra presente en los demás puntos de análisis, ha sido contenida y neutralizada dentro del organismo. No representa riesgo en la vida del paciente.
– ¿Cómo es posible? Kayla, repite el análisis, por favor -le pidió Fíneas bastante confundido-. Anette, toma una muestra de sangre y tráemela, por favor -le dijo a su asistente mientras se sentaba en un escritorio, ubicado al frente de un grupo de pantallas colocadas en otra de las paredes del cuarto. Tocó un panel en la mesa y una parte de ella se deslizó para revelar un fino teclado con caracteres ilegibles. Empezó a digitar una serie de comandos mientras que Lord Nicolás se acercaba a la cama donde se encontraba Antonia inconsciente. El otro asistente estaba a su costado derecho cosiendo internamente su herida con ayuda de unos lentes sostenidos en su cabeza y un aparato que parecía un destornillador muy largo. En otra de las pantallas se observaba cómo el delgado aparato penetraba por la herida y realizaba una sutura cada vez que el médico accionaba un botón en su extremo superior.
Lord Nicolás se dirigió a su costado izquierdo y se sentó en la cama al lado de ella, mirándola fijamente, tratando de notar algo diferente en esa mujer que le hubiese permitido lograr semejante acción. Mientras tanto, Fíneas colocaba una gota de la sangre de Antonia en un receptor cercano conectado a las pantallas. A los pocos segundos comenzaron a aparecer en una de ellas, imágenes de los diferentes componentes encontrados en la sangre con la identificación de cada uno. Tocando la pantalla con sus dedos, Fíneas fue recorriendo los resultados rápidamente al no encontrar nada inusual.
– Corroboración de análisis terminado -se escuchó decir a Kayla-. La sustancia ciento veintidós ha sido neutralizada en el organismo. ¿Desea que termine el análisis de heridas?
– Sí…, Kayla, gracias… -dijo casi para sí mismo sin retirar la mirada de la pantalla. Kayla continuó enumerando las heridas restantes de Antonia que no eran más que raspaduras y equimosis nada críticos.
En ese momento, hacia el final de la lista de componentes que revisaba Fíneas, empezaron a aparecer imágenes de algunos componentes con un mensaje al lado en donde se leía ‘Sustancia sin identificar número uno’ y más abajo ‘sustancia sin identificar número dos’. La lista continuaba y mientras más avanzaba en la revisión, los números seguían creciendo. ‘Sustancia sin identificar número cuarenta y siete, sustancia sin identificar número cuarenta y ocho’. Imágenes de diversos colores y formas acompañaban estos mensajes.
– ¿Qué es esto? -fue lo único que pudo decir, confundido y frunciendo el ceño. Buscó el final de la lista de resultados hasta que llegó a un mensaje que leía ‘sustancia sin identificar número noventa y ocho’-. ¿Qué es esto? -repitió murmurando-. Kayla, análisis de ADN y expresión genética, por favor -pidió mientras retrocedía la lista, mirando de nuevo las imágenes de los componentes desconocidos.
– Ciertamente -contestó Kayla e inició el análisis que le pidieron.
Lord Nicolás tomo una pequeña toalla que se encontraba en una mesita al lado de la cama. La sumergió en una taza con agua que allí se encontraba, la escurrió y muy suavemente la colocó en la frente de Antonia. Con movimientos delicados empezó a limpiar su frente detallando las facciones de la mujer. A pesar de la palidez y rastros de tierra que tenía en su rostro, le parecía bastante atractiva.
– Jamás había visto a una meridia resistir por tanto tiempo la ‘dormidera’ -dijo en voz alta en un intento por aclarar sus ideas.
– Eso es porque ella no es una meridia -dijo Fíneas seriamente-. Es una humana -afirmó y en su voz se notaba la gravedad de la afirmación.
Los médicos que la atendían se detuvieron, voltearon a mirar a Fíneas con los ojos muy abiertos y dejaron de coser su herida.
– ¿Qué? -replicó Lord Nicolás retirando su mano inmediatamente de la cara de Antonia como si le generara aversión-. ¿Estás seguro? -dijo levantándose de la cama y acercándose a su amigo.
En otra de las pantallas que Fíneas tenía al frente se observaba el análisis que Kayla había hecho. Varios pares de espirales se movían constantemente comparando su resultado con un patrón y recuadros aparecían explicando las diferentes manifestaciones de sus genes. En la parte baja de la pantalla un mensaje leía ‘Clasificación genética: Humana’.
– No tiene expresado el gen que nos caracteriza -le mostró Fíneas en la pantalla-. No es una meridia, es una humana -le reafirmó.
– ¿Y cómo sabes que no es una ‘humanizada’? -preguntó Lord Nicolás tratando de encontrar una respuesta diferente.
– Son muy pocos los casos que existen sobre eso. Además, mira cuántas sustancias sin identificar. Nunca he visto una sangre así -respondió confundido devolviéndose al reporte de la composición de la sangre de Antonia-. Y mira su ropa… esas fibras no son de aquí. Niki… sabes que es cierto.
Lord Nicolás continuaba mirando los resultados de la pantalla como si de tanto mirarlos pudiera cambiarlos: – ¿Cómo es posible? ¿Cómo llegó aquí?… ¿Y qué hacía con Tara? -preguntó cada vez más confundido-. Kayla, infórmale a mi papá y alerta el equipo de seguridad, por favor -pidió con preocupación. A los pocos segundos se escuchaba cómo los hombres que estaban afuera desenfundaban las espadas que llevaban a sus espaldas.
Fíneas volteó a mirar hacia los médicos que atendían a Antonia. Estaban mirándolo con una expresión de horror en sus caras como si supieran que estuvieron ayudando a un monstruo.
– No más medicina ni siquiera el analgésico, solo la sutura. No conocemos su sistema, podríamos matarla -les ordenó.
– Ya le colocamos el analgésico… y la mitad del sedativo y del regenerador -dijo el asistente mirando a Fíneas como un niño esperando el regaño después de haber hecho algo malo.
– Está bien, Andreas, solo no le coloquen nada más -le respondió confundido y Andreas asintió asustado.
– Y… ¿vamos a tratarla? -preguntó dudosamente.
– ¡Claro!… -afirmó Fíneas y antes de poder continuar su respuesta sintió la mano de Lord Nicolás en su hombro.
– Fin… es una humana, no sabemos cómo logró entrar. Puede ser peligrosa, no sé si tratarla sea una buena idea… Debemos informar al Consejo.
– Niki, se está desangrando y el resto del Consejo está ocupado tratando lo del ataque. Si no la ayudamos ahora, morirá en unos minutos -dijo indignado-. Ustedes la trajeron aquí…
– Pero no sabíamos… -interrumpió Lord Nicolás.
– No voy a dejarla allí, simplemente esperando a que se muera. Además me dijeron que estaba defendiendo a Tara…
– Estábamos lejos… es difícil decirlo -refutó Lord Nicolás.
– Niki, voy a ayudarla en lo que pueda. No voy a dejarla así… -afirmó-. Y de todos modos, con el sedativo que se le aplicó, estará inconsciente por lo menos tres horas más. Pueden decidir cómo devolverla en ese tiempo -agregó. Fíneas se quedó un momento en silencio mirando pensativo hacia las pantallas-. ¿No te interesa saber lo que sucedió? Tal vez ella nos lo puede decir…
– Lord Nicolás, -se escuchó decir en la voz de Kayla- su padre intenta localizarlo.
– Sí, Kayla. Infórmale que voy ya para su despacho. -dijo poniendo su mano en el hombro de Fíneas a manera de expresarle que confiaba en su decisión-. Mantenme informado. Dejaré la guardia aquí por seguridad -explicó. Fíneas asintió y mientras se dirigía donde Antonia, vio como Lord Nicolás salía apresuradamente a ver a su padre. Seguramente la noticia lo iba a alterar más a él que a todos ellos juntos.
El ave aterrizó en el techo del hospital y cargando de nuevo a Antonia en sus brazos, Lord Nicolás bajó con ella por un elevador y entró apresuradamente a uno de los cuartos del hospital donde el médico Fíneas, vestido con una bata azul, esperaba para atenderlos, al igual que dos de sus médicos asistentes, un hombre y una mujer vestidos con batas color lila. El cuarto, con piso de porcelana marrón y la ropa de cama en colores de un solo fondo, daba más el aspecto de un cuarto de hotel que de un hospital. Tres hombres, portando su armadura completa de cabeza a los pies, se colocaron a cada lado de la puerta y lo saludaron a su paso. Lord Nicolás asintió en respuesta, satisfecho de ver a la guardia de seguridad ya en posición. Ahora, él solo llevaba puesto un peto de cuero y una capa que ondeaba en su espalda, con lo que se podía ver que era un hombre con ojos de un color entre gris y verde claro, de aproximadamente treinta años y su cabello castaño claro le caía en ondas hasta los hombros.
Colocó a Antonia en la cama doble que estaba al lado de varios aparatos y pantallas. Fíneas, el médico jefe, era un hombre también de alrededor de treinta años y llevaba su cabello negro recogido a la altura de la nuca al igual que sus asistentes.
– Retírenle sus pertenencias -le dijo al par de médicos que lo acompañaban y ellos se apresuraron a quitarle su argolla, reloj, zarcillos y manillas, mirándolas con extrañeza y guardándolas cuidadosamente en cajitas transparentes delicadamente fabricadas para ello.
Mientras tanto, Fíneas le colocaba varios sensores en el cuerpo: Uno a cada lado de la cabeza, del cuello, al interior de los codos y las muñecas. Al hacerles presión se activaron y por cada sensor, una pantalla cobraba vida mostrando información de sus signos vitales. Tomó unas tijeras y cortó a lo largo su camiseta ensangrentada, la abrió y pudo observar una herida corta en longitud pero profunda en su flanco derecho. Dentro de su sostén, el cristal permanecía imperceptible.
Inmediatamente uno de los asistentes comenzó a limpiar la herida al tiempo que Fíneas colocaba un sensor en su pecho. El otro asistente le retiró los zapatos y el pantalón de manera que pudieran colocarle sensores en cada pierna y en los tobillos, dejándola solo con su ropa interior. Después de revisar que todos los sensores estuvieran en su lugar, su mirada se detuvo en su muñeca: – ¿Dónde está su Lector? -preguntó extrañado mirando a Lord Nicolás.
– No traía uno -contestó seriamente. Fíneas trató de no darle importancia y volvió a mirar a Antonia.
– Kayla, análisis de heridas, por favor -dijo Fíneas en voz alta mientras le colocaba una bata de color verde que cubriera su cuerpo.
– Ciertamente -contestó una voz femenina computarizada que se escuchaba en los parlantes del cuarto. Por encima de la cama y siguiendo un riel, una lámpara descendió y recorrió el cuerpo de Antonia de la cabeza a los pies a pocos centímetros de distancia. A medida que pasaba por cada sensor, en su pantalla correspondiente aparecía la imagen de un órgano en funcionamiento. Al terminar el recorrido, la voz de Kayla se escuchó de nuevo en los parlantes, haciendo un reporte de las heridas encontradas en orden de gravedad.
– Flanco derecho: herida penetrante de dos centímetros provocada por arma cortopunzante, órganos afectados: Colon ascendente y polo inferior del riñón derecho con colección de sangre. Estado: crítico. Tiempo estimado de vida: doce minutos.
Por unos segundos contempló a la mujer que estaba en el suelo pero luego escuchó un ruido, volteó su cabeza y vio un grupo de hombres a lo lejos que salían del bosque cercano y se acercaban rápidamente. Con las palabras de la mujer dando vueltas en su mente, empezó a buscar en dónde poner a salvo el cristal pero al sentir que los hombres ya estaban demasiado cerca, lo único que se le ocurrió fue meterlo en su sostén. Y allí lo puso, escondido debajo de su seno izquierdo. Al ver hacia atrás de nuevo, se encontró con cinco hombres que se detenían detrás de ella. No pudo dejar de pensar si el equipo de futbol italiano había venido al rescate. Todos ellos se veían bastante atractivos, cabellos negros, ojos azules y uniformados con trajes y armaduras que parecían medievales. Se levantó lentamente con la espada aún en su mano y alzó la mirada pues todos ellos eran al menos diez centímetros más altos que ella. Eso ya era mucho decir considerando que ella misma era bastante alta.
Uno de ellos habló en un lenguaje que ella no entendió y al ver su cara de confusión, todos reaccionaron sacando sus espadas de las fundas que tenían en su cinturón. De repente, uno de ellos trató de aproximarse a la otra mujer mirándola maliciosamente. Instintivamente, Antonia dio un paso hacia atrás y levantó su espada también, dirigiéndola hacia el que se había movido: – No te acerques -dijo con una seguridad que ni ella se imaginaba que tenía. El hombre que había hablado, lo hizo de nuevo, claramente extrañado. Luego soltó una carcajada y con un hábil movimiento de su mano, hizo un corte con su espada en el hombro izquierdo de Antonia.
Ella soltó un grito de dolor y su seguridad se fue transformando poco a poco en terror al darse cuenta de que ellos no estaban allí para ayudar. Mirando a su alrededor, notó que uno de los hombres cargaba un arco en su espalda junto con un carcaj que tenía flechas iguales a la que ella había sacado de la pierna de la mujer. La conclusión era simple, ellos habían sido quienes la habían atacado.
El hombre que la hirió seguía mirándola fijamente como esperando que algo pasara y al ver que Antonia seguía de pie sosteniendo su espada, se acercó y golpeó tan fuertemente su espada contra la de ella que inmediatamente, con un quejido, ella la dejó caer al suelo al sentir como si sus dedos se hubiesen quebrado con el impacto. El hombre se acercó más a ella, diciendo más cosas en su idioma, mirándola de arriba abajo como examinándola mientras los demás empezaban a rodearlas, y ella sintió más temor del que jamás había sentido en su vida. Sin retirar la mirada de sus ojos, el hombre enfundó su espada y con su mano derecha la tomó de su hombro herido. Ella sintió un dolor tan fuerte y tan agudo que, aunque quiso gritar, al abrir su boca ningún sonido salió. Con sus ojos aguados se dio cuenta de que el dolor no venía de su hombro. Venía de su flanco derecho donde el hombre le había enterrado una daga.
El hombre dio un paso hacia atrás y le pasó la daga ensangrentada a otro. Dio unas instrucciones y ambos se fueron corriendo hacia el bosque de donde habían venido, dejando a los demás a que terminaran su labor. Mientras Antonia veía cómo sus manos se manchaban con la sangre que ella trataba de mantener dentro haciendo presión, los hombres se acercaron a la mujer sin vida, le quitaron algo parecido a un reloj y empezaron a buscar entre sus pertenencias.
Seguramente buscan el cristal.
Dándose cuenta de que le había fallado a la mujer y más aún, de que iba a morir allí, sola y en medio de lo que creía era una alucinación, cayó arrodillada mientras veía por su costado derecho cómo uno de los hombres buscaba frenéticamente en el bolso de la mujer.
En ese momento, sintió que algo pasó por el frente de ella muy rápido y el hombre cayó al suelo. Ahora él tenía una flecha clavada en su espalda. Con su última energía, volteó su cabeza y vio que cinco de las extrañas águilas enormes aterrizaban cerca y de ellas bajaban varios hombres. O ella creía que lo eran pues todos traían puesto un traje de aspecto metálico, de color verde oscuro, que les cubría todo el cuerpo excepto los ojos y la boca. En el pecho tenían un peto del mismo material, que terminaba en anchas franjas flexibles que llegaban hasta la mitad de sus muslos, al estilo de una falda. Se acercaron rápidamente, varios de ellos disparando flechas hacia todas direcciones y cuando los alcanzaron, todos sacaron espadas de sus espaldas. Sintiendo cómo la vida se le escapaba del cuerpo, Antonia cerró sus ojos y cayó inmóvil, boca abajo, al lado de la mujer.
Mientras se enfrentaban con espadas con los últimos hombres pelinegros que quedaban, dos de los hombres que acababan de llegar se acercaron rápidamente a las mujeres.
– ¡Niki! ¡Ella aún está con vida! -dijo uno de ellos en su propio idioma, sintiendo el débil pulso de Antonia. Lord Nicolás, uno de los jefes de la Armada, guardó su espada, se acercó y la miró extrañado.
– ¿Quién es ella? -preguntó Lord Nicolás dirigiendo la mirada a sus hombres, pero todos negaron con un gesto de su cabeza-. ¿Y Tara? -dijo esperanzado mirando al que se encontraba al lado de la otra mujer. De nuevo, la respuesta fue una negación con la que en su cara se reflejó nuevamente la tristeza-. ¿Y el cristal? -preguntó mirándolos a todos de nuevo-. Revisen los cuerpos -ordenó antes de recibir otro meneo de la cabeza como respuesta. Pero la búsqueda fue en vano pues no había rastro del cristal por ninguna parte.
Lord Nicolás se acercó a Tara y acarició su cabello: – ¿Qué estabas tratando de hacer? -murmuró y sus ojos aguados expresaban el dolor de ver a aquella conocida mujer, sin vida en la grama.
– ¿Niki? -llamó el hombre que se encontraba al lado de Antonia, sacándolo de su tristeza-. ¿Qué vamos a hacer con ella? ¿Crees que venga del País del Este? Ese atuendo… -dijo mirando con desdén la camiseta y el pantalón que ella traía puestos. Sus ojos se detuvieron en su muñeca izquierda-. No trae un Lector… -dijo un poco preocupado.
Lord Nicolás retiró de su muñeca algo similar a un reloj y lo puso en la muñeca de Antonia. A los pocos segundos aparecieron unos símbolos en la pantalla que significaban ‘ADN no identificado’. Lord Nicolás hizo un gesto de preocupación mientras le retiraba el Lector y lo colocaba de nuevo en su muñeca.
– No podemos llevarla con nosotros. ¡No sabemos quién es! Puede ser una de los sentinos -dijo otro de los hombres.
– ¡Pero estaba ayudando a Tara! …Y si fuera uno de ellos, ¿por qué querrían matarla? ¡Tiene veneno en su herida! -afirmó mostrando el corte en su hombro.
– ¡No tenemos seguridad de que estaba ayudando a Tara!
– Nicolás, ¡no podemos dejarla aquí!
– Leandro tiene razón, Víctor. No somos como ellos -dijo Lord Nicolás colocando su mano en el hombro de Víctor-. Si está con los sentinos, tal vez podamos obtener información de ella. Pero ahora le queda poco tiempo. Tenemos que llevarla a la Ciudadela -dijo mientras Leandro sacaba una jeringa del bolso que llevaba y le inyectaba una sustancia en cada herida, tratando de detener el sangrado-. Roberta, lleva a Tara contigo -continuó diciéndole a otro soldado, quien por su armadura se notaba claramente que era una mujer y por entre un pequeño espacio en su nuca, salía una enorme trenza que le llegaba hasta la mitad de su espalda-. Yo le avisaré a Fíneas para que tenga todo preparado y pediré que la guardia de seguridad esté esperándonos allá.
Lord Nicolás cargó a Antonia en sus brazos y con la ayuda de los otros hombres la colocaron y aseguraron en su ave. Colocaron el cuerpo sin vida de Tara en el ave de Lady Roberta, otro de los jefes de la Armada, y todos se fueron volando hacia la Ciudadela.
Al amanecer, cuando estuvo lista, salió en otra dirección con mapa en mano y su maletín medio vacío, en espera de llenarlo con nuevas muestras de tierra pero al observar la isla de en frente, vio que el agua que las separaba estaba tan tranquila que decidió abrir su bote y explorarla de una vez. Se veía pequeña y estaba segura de que en una mañana la recorrería. Llegó al otro extremo y aseguró el bote junto a unos troncos. Al contrario de la otra isla, esta era principalmente rocosa y en poco tiempo se encontró ascendiendo mientras buscaba la cima. Un par de horas después, estaba agachada al lado de unas rocas, organizando en su maletín las muestras que había recogido hasta el momento, cuando de repente, sintió que el suelo bajo sus pies se estremecía. Tratando de mantenerse en pie, tropezó con un tronco que estaba en el suelo, perdió el equilibrio y soltó un grito sabiendo que iba a caer al mar. Pero en vez de eso, empezó a rodar cuesta abajo sobre una colina no muy empinada. Aterrizó boca abajo y aun sintiéndose muy mareada, levantó la cabeza para ver dónde estaba.
Una vuelta más y creo que me vomito.
Se encontraba en medio de una planicie al lado de un bosque tupido de árboles espinosos y a su alrededor podía ver montañas. ¿O son islas? Empezó a preguntarse cómo era posible que no las hubiese notado antes. ¿Dónde estoy? ¿Una parte de la isla que no había visto? No es posible… Miró hacia atrás y vio la cima desde donde resbaló pero no se veía rastro de la pared plana y rocosa sobre la que había estado. No rodé tanto… ¿De dónde salió todo esto?… Se levantó lentamente y al revisar su posicionador lo encontró apagado. Ninguno de sus aparatos recibía señales ahí. Lo guardó y empezó a sobar sus brazos, en los que sentía ya los moretones que seguramente le iban a salir en poco tiempo, y mientras revisaba si había alguna herida de cuidado, notó algo volando en el cielo.
¿Un águila?, pensó mientras organizaba de nuevo su cabello ondulado pero en su cabeza ya empezaba a darse cuenta de que debía habérsela golpeado más duro de lo que pensaba. Era un águila enorme, y tenía cola y cuatro patas, pero eso no era lo que le extrañaba más. Llevaba un jinete y estaba aterrizando. El ave se acercó cada vez más al suelo y cuando estuvo a pocos centímetros de él, batió sus alas intentando permanecer en un solo sitio y se sacudió un poco para dejar caer su jinete. Este se escurrió hasta el piso aparentemente inconsciente. El ave siguió su vuelo y el jinete permaneció inmóvil, tal como había caído.
Saliendo un poco de su estupor, se acercó corriendo hacia el cuerpo que desde la distancia podía distinguir que era de una mujer. Tendida en la grama, su aspecto la hacía ver como un personaje salido de un cuento de fantasía. Tenía unos cincuenta y cinco años y su cabellera castaña oscura se expandía en largas ondas por el suelo. Llevaba una blusa blanca amplia hasta los puños y un pantalón color marrón, en el área del pecho llevaba una especie de armadura, botines de cuero hasta los tobillos y clavada en su pierna, una flecha.
– ¡Oh, pero ¿qué es esto?! ¿Estás bien? -le dijo arrodillándose a su lado y al sentirla cerca, la mujer la miró-. ¿Estás bien?
– Ayúdame… -dijo con lo poco que le quedaba de vida señalando la flecha en su pierna.
– ¡¿Te la quito?! -preguntó con su voz marcada entre terror y compasión, y la mujer asintió. Antonia tomó la flecha con su mano temblorosa y tiró fuerte de ella. De la punta ensangrentada de la flecha se veía fluir un líquido verdoso, como si brotara de su interior.
Arrojó la flecha a un lado y miró a la mujer que en ese momento trataba de encontrar algo dentro de un pequeño bolso que llevaba colgado en su pecho. La mujer respiraba rápido y entrecortado como tratando de no olvidar cómo hacerlo. Antonia tomó el bolso para ayudarle y en su interior encontró una pequeña envoltura de terciopelo rojo, sellada con una cinta dorada. Casi sin fuerza, la mujer extendió su mano y Antonia se la entregó. De su interior la mujer tomó un cristal, algo parecido a un cuarzo tallado del tamaño de un dedo meñique, tomó la mano izquierda de Antonia, puso el cristal en ella y con ambas manos la cubrió: – Escóndelo… Mantenlo a salvo… No dejes que lo tomen… -murmuró con dificultad. Luego, respiró profundo y su mano ahora buscaba algo por encima de su hombro-. Mi espada…
Antonia, confundida, con su mano derecha haló de una empuñadura que asomaba en su espalda por entre su cabello. Una espada con grabados ilegibles y varias piedras preciosas salió de la parte de atrás de su peto.
– Defiéndelo… -dijo con lo poco que le quedaba de voz y soltando un último suspiro, sus ojos empezaron a cerrarse.
– ¿Qué? -dijo Antonia mirando sus manos, un cristal en una y una espada en la otra-. ¿Qué dices? -preguntó mirando la insignificante piedra-. ¿Quiere que proteja un pedazo de cuarzo? ¿Que no lo tome quién? ¿Qué clase de broma es esta? -reclamó y al mirar a la mujer a los ojos, su desespero se volvió tristeza al ver que ellos se cerraban definitivamente dejando caer una última lágrima.
Era temprano en la mañana cuando el piloto sobrevoló lo que según el mapa debía ser un conjunto de tres islas pequeñas pero que en realidad eran cuatro y se dirigió a una de ellas, buscando el lugar donde según las coordenadas debía aterrizar. Una mujer joven, de unos veintiocho años lo acompañaba en el helicóptero y le señalaba con la mano hacia donde debían ir, mientras su posicionador satelital mostraba un archipiélago cerca de Isla de Pascua, en el Océano Pacífico. Su largo cabello castaño oscuro, aunque lo llevaba recogido en una cola de caballo, revoloteaba para todos lados con el viento. Debía llegar hasta el interior de la isla, donde predominaba una densa vegetación sobre las colinas pero ya se daba cuenta de que el helicóptero no iba a poder aterrizar allí. Después de volar alrededor, el piloto encontró un sitio hacia la costa en el cual podría descender: – ¡Esto es lo más cerca que te puedo dejar! -dijo hablando a su micrófono.
– ¡Es perfecto! -le contestó ella, haciendo un gesto de aprobación con la mano.
El helicóptero descendió y el piloto, de unos cincuenta años, ayudó a bajar todo el equipo de la joven: carpa, víveres, neverita y varios maletines.
– Debo regresar ahora. ¿Seguro vas a estar bien? Existen historias de civilizaciones enteras que han desaparecido por estos lados -comentó el piloto, un poco preocupado, pues la zona se veía salvaje.
– Eso son precisamente… historias. Estaré bien. Nos veremos en cinco días -se despidió Antonia tranquilizándolo. Por su ropa deportiva, su cara sin maquillaje, sus brazos bronceados por partes y su aspecto relajado, se notaba que no era la primera vez que la dejaban en un sitio similar.
Caminó lo más que pudo, alejándose de la costa y pasó el resto de la mañana organizando su campamento. Cuando la carpa estuvo lista, exploró un poco alrededor en busca de madera para hacer una fogata y hacerse algo de comer. Después de recoger todos los restos y guardarlos para no llamar con olores de comida a algún animal, se dedicó a recorrer el lugar, empezando por bordear la playa pues, aunque ella sabía que sus mapas eran bastante inexactos dado lo inhóspito de la región, veía una pequeña isla al frente que no aparecía para nada en ellos. Al parecer, la zona era un punto muerto para las radiaciones de ondas pues no tenía señal en su teléfono y su posicionador se volvía loco de vez en cuando y a veces se apagaba del todo.
– A ti te reviso luego –dijo mirando el islote con curiosidad. Estaba tan cerca que seguramente podía llegar allá con su bote inflable pero el mar estaba demasiado agitado.
Se alejó de la costa, caminando hacia el interior, parando de vez en cuando para tomar muestras de tierra en sitios donde se alcanzaban a diferenciar las diferentes capas geológicas. La tierra que soltaba con una pequeña pica, la colocaba en unos recipientes de vidrio que luego guardaba en un maletín que llevaba a sus espaldas. Sin embargo, se quedó observando un poco decepcionada la última muestra que había tomado. Regó una porción en su mano, queriendo ver si brillaba al sol y le ennegrecía los dedos al frotarla pero no lo hizo: – Tú no eres a quien busco -dijo como si el puñado de tierra pudiera entenderle-. Pero eres muy parecido -agregó guardando la muestra en su maletín esperanzada de poder encontrar algo interesante también en ese mineral.
Siguió caminando y al llegar a la parte más alta, casi en medio de la isla, encontró un espacio con poca vegetación desde donde podía ver todo alrededor. Mientras sonreía y disfrutaba del sol y el viento en su cara, se quedó maravillada con la vista que tenía. Veía el pequeño grupo de islas, solas, enfrentando la furia del océano y sobre las cuales el mar golpeaba con tal fuerza que no le extrañaba que ninguna ruta de barcos pasara por allí. La isla más pequeña parecía terminar abruptamente, como si hubiese perdido un pedazo, como si le hubiesen cortado una tajada con un cuchillo gigante, e imaginó el mar devorándosela poco a poco a lo largo de los años. Al anochecer empezó su camino de regreso, señalando en un mapa la zona que había recorrido. Descansó al lado del fuego que acababa de encender, cerrando con cansancio sus ojos castaño oscuro. Cruzó los brazos frente a ella y en la argolla de oro que llevaba en su mano izquierda, se reflejaba el fuego que la calentaba.