Capítulo 4

Día 2: Martes. Capítulo 4.

El ave aterrizó en el techo del hospital y cargando de nuevo a Antonia en sus brazos, Lord Nicolás bajó con ella por un elevador y entró apresuradamente a uno de los cuartos del hospital donde el médico Fíneas, vestido con una bata azul, esperaba para atenderlos, al igual que dos de sus médicos asistentes, un hombre y una mujer vestidos con batas color lila. El cuarto, con piso de porcelana marrón y la ropa de cama en colores de un solo fondo, daba más el aspecto de un cuarto de hotel que de un hospital. Tres hombres, portando su armadura completa de cabeza a los pies, se colocaron a cada lado de la puerta y lo saludaron a su paso. Lord Nicolás asintió en respuesta, satisfecho de ver a la guardia de seguridad ya en posición.  Ahora, él solo llevaba puesto un peto de cuero y una capa que ondeaba en su espalda, con lo que se podía ver que era un hombre con ojos de un color entre gris y verde claro, de aproximadamente treinta años y su cabello castaño claro le caía en ondas hasta los hombros.

Colocó a Antonia en la cama doble que estaba al lado de varios aparatos y pantallas. Fíneas, el médico jefe, era un hombre también de alrededor de treinta años y llevaba su cabello negro recogido a la altura de la nuca al igual que sus asistentes.

– Retírenle sus pertenencias -le dijo al par de médicos que lo acompañaban y ellos se apresuraron a quitarle su argolla, reloj, zarcillos y manillas, mirándolas con extrañeza y guardándolas cuidadosamente en cajitas transparentes delicadamente fabricadas para ello.

Mientras tanto, Fíneas le colocaba varios sensores en el cuerpo: Uno a cada lado de la cabeza, del cuello, al interior de los codos y las muñecas. Al hacerles presión se activaron y por cada sensor, una pantalla cobraba vida mostrando información de sus signos vitales. Tomó unas tijeras y cortó a lo largo su camiseta ensangrentada, la abrió y pudo observar una herida corta en longitud pero profunda en su flanco derecho. Dentro de su sostén, el cristal permanecía imperceptible.

Inmediatamente uno de los asistentes comenzó a limpiar la herida al tiempo que Fíneas colocaba un sensor en su pecho. El otro asistente le retiró los zapatos y el pantalón de manera que pudieran colocarle sensores en cada pierna y en los tobillos, dejándola solo con su ropa interior. Después de revisar que todos los sensores estuvieran en su lugar, su mirada se detuvo en su muñeca: – ¿Dónde está su Lector? -preguntó extrañado mirando a Lord Nicolás.

– No traía uno -contestó seriamente. Fíneas trató de no darle importancia y volvió a mirar a Antonia.

– Kayla, análisis de heridas, por favor -dijo Fíneas en voz alta mientras le colocaba una bata de color verde que cubriera su cuerpo.

– Ciertamente -contestó una voz femenina computarizada que se escuchaba en los parlantes del cuarto. Por encima de la cama y siguiendo un riel, una lámpara descendió y recorrió el cuerpo de Antonia de la cabeza a los pies a pocos centímetros de distancia. A medida que pasaba por cada sensor, en su pantalla correspondiente aparecía la imagen de un órgano en funcionamiento. Al terminar el recorrido, la voz de Kayla se escuchó de nuevo en los parlantes, haciendo un reporte de las heridas encontradas en orden de gravedad.

– Flanco derecho: herida penetrante de dos centímetros provocada por arma cortopunzante, órganos afectados: Colon ascendente y polo inferior del riñón derecho con colección de sangre. Estado: crítico. Tiempo estimado de vida: doce minutos.