Era temprano en la mañana cuando el piloto sobrevoló lo que según el mapa debía ser un conjunto de tres islas pequeñas pero que en realidad eran cuatro y se dirigió a una de ellas, buscando el lugar donde según las coordenadas debía aterrizar. Una mujer joven, de unos veintiocho años lo acompañaba en el helicóptero y le señalaba con la mano hacia donde debían ir, mientras su posicionador satelital mostraba un archipiélago cerca de Isla de Pascua, en el Océano Pacífico. Su largo cabello castaño oscuro, aunque lo llevaba recogido en una cola de caballo, revoloteaba para todos lados con el viento. Debía llegar hasta el interior de la isla, donde predominaba una densa vegetación sobre las colinas pero ya se daba cuenta de que el helicóptero no iba a poder aterrizar allí. Después de volar alrededor, el piloto encontró un sitio hacia la costa en el cual podría descender: – ¡Esto es lo más cerca que te puedo dejar! -dijo hablando a su micrófono.
– ¡Es perfecto! -le contestó ella, haciendo un gesto de aprobación con la mano.
El helicóptero descendió y el piloto, de unos cincuenta años, ayudó a bajar todo el equipo de la joven: carpa, víveres, neverita y varios maletines.
– Debo regresar ahora. ¿Seguro vas a estar bien? Existen historias de civilizaciones enteras que han desaparecido por estos lados -comentó el piloto, un poco preocupado, pues la zona se veía salvaje.
– Eso son precisamente… historias. Estaré bien. Nos veremos en cinco días -se despidió Antonia tranquilizándolo. Por su ropa deportiva, su cara sin maquillaje, sus brazos bronceados por partes y su aspecto relajado, se notaba que no era la primera vez que la dejaban en un sitio similar.
Caminó lo más que pudo, alejándose de la costa y pasó el resto de la mañana organizando su campamento. Cuando la carpa estuvo lista, exploró un poco alrededor en busca de madera para hacer una fogata y hacerse algo de comer. Después de recoger todos los restos y guardarlos para no llamar con olores de comida a algún animal, se dedicó a recorrer el lugar, empezando por bordear la playa pues, aunque ella sabía que sus mapas eran bastante inexactos dado lo inhóspito de la región, veía una pequeña isla al frente que no aparecía para nada en ellos. Al parecer, la zona era un punto muerto para las radiaciones de ondas pues no tenía señal en su teléfono y su posicionador se volvía loco de vez en cuando y a veces se apagaba del todo.
– A ti te reviso luego –dijo mirando el islote con curiosidad. Estaba tan cerca que seguramente podía llegar allá con su bote inflable pero el mar estaba demasiado agitado.
Se alejó de la costa, caminando hacia el interior, parando de vez en cuando para tomar muestras de tierra en sitios donde se alcanzaban a diferenciar las diferentes capas geológicas. La tierra que soltaba con una pequeña pica, la colocaba en unos recipientes de vidrio que luego guardaba en un maletín que llevaba a sus espaldas. Sin embargo, se quedó observando un poco decepcionada la última muestra que había tomado. Regó una porción en su mano, queriendo ver si brillaba al sol y le ennegrecía los dedos al frotarla pero no lo hizo: – Tú no eres a quien busco -dijo como si el puñado de tierra pudiera entenderle-. Pero eres muy parecido -agregó guardando la muestra en su maletín esperanzada de poder encontrar algo interesante también en ese mineral.
Siguió caminando y al llegar a la parte más alta, casi en medio de la isla, encontró un espacio con poca vegetación desde donde podía ver todo alrededor. Mientras sonreía y disfrutaba del sol y el viento en su cara, se quedó maravillada con la vista que tenía. Veía el pequeño grupo de islas, solas, enfrentando la furia del océano y sobre las cuales el mar golpeaba con tal fuerza que no le extrañaba que ninguna ruta de barcos pasara por allí. La isla más pequeña parecía terminar abruptamente, como si hubiese perdido un pedazo, como si le hubiesen cortado una tajada con un cuchillo gigante, e imaginó el mar devorándosela poco a poco a lo largo de los años. Al anochecer empezó su camino de regreso, señalando en un mapa la zona que había recorrido. Descansó al lado del fuego que acababa de encender, cerrando con cansancio sus ojos castaño oscuro. Cruzó los brazos frente a ella y en la argolla de oro que llevaba en su mano izquierda, se reflejaba el fuego que la calentaba.
¡Qué prometedor primer capítulo!
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Me alegra que te guste. Se pone mejor, te lo aseguro!!
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