Capítulo 2

Día 2: Martes. Capítulo 2

Al amanecer, cuando estuvo lista, salió en otra dirección con mapa en mano y su maletín medio vacío, en espera de llenarlo con nuevas muestras de tierra pero al observar la isla de en frente, vio que el agua que las separaba estaba tan tranquila que decidió abrir su bote y explorarla de una vez. Se veía pequeña y estaba segura de que en una mañana la recorrería. Llegó al otro extremo y aseguró el bote junto a unos troncos. Al contrario de la otra isla, esta era principalmente rocosa y en poco tiempo se encontró ascendiendo mientras buscaba la cima. Un par de horas después, estaba agachada al lado de unas rocas, organizando en su maletín las muestras que había recogido hasta el momento, cuando de repente, sintió que el suelo bajo sus pies se estremecía. Tratando de mantenerse en pie, tropezó con un tronco que estaba en el suelo, perdió el equilibrio y soltó un grito sabiendo que iba a caer al mar. Pero en vez de eso, empezó a rodar cuesta abajo sobre una colina no muy empinada. Aterrizó boca abajo y aun sintiéndose muy mareada, levantó la cabeza para ver dónde estaba.

Una vuelta más y creo que me vomito.

Se encontraba en medio de una planicie al lado de un bosque tupido de árboles espinosos y a su alrededor podía ver montañas. ¿O son islas? Empezó a preguntarse cómo era posible que no las hubiese notado antes. ¿Dónde estoy? ¿Una parte de la isla que no había visto? No es posible… Miró hacia atrás y vio la cima desde donde resbaló pero no se veía rastro de la pared plana y rocosa sobre la que había estado.  No rodé tanto… ¿De dónde salió todo esto?… Se levantó lentamente y al revisar su posicionador lo encontró apagado. Ninguno de sus aparatos recibía señales ahí. Lo guardó y empezó a sobar sus brazos, en los que sentía ya los moretones que seguramente le iban a salir en poco tiempo, y mientras revisaba si había alguna herida de cuidado, notó algo volando en el cielo.

¿Un águila?, pensó mientras organizaba de nuevo su cabello ondulado pero en su cabeza ya empezaba a darse cuenta de que debía habérsela golpeado más duro de lo que pensaba. Era un águila enorme, y tenía cola y cuatro patas, pero eso no era lo que le extrañaba más. Llevaba un jinete y estaba aterrizando. El ave se acercó cada vez más al suelo y cuando estuvo a pocos centímetros de él, batió sus alas intentando permanecer en un solo sitio y se sacudió un poco para dejar caer su jinete. Este se escurrió hasta el piso aparentemente inconsciente. El ave siguió su vuelo y el jinete permaneció inmóvil, tal como había caído.

Saliendo un poco de su estupor, se acercó corriendo hacia el cuerpo que desde la distancia podía distinguir que era de una mujer. Tendida en la grama, su aspecto la hacía ver como un personaje salido de un cuento de fantasía. Tenía unos cincuenta y cinco años y su cabellera castaña oscura se expandía en largas ondas por el suelo. Llevaba una blusa blanca amplia hasta los puños y un pantalón color marrón, en el área del pecho llevaba una especie de armadura, botines de cuero hasta los tobillos y clavada en su pierna, una flecha.

– ¡Oh, pero ¿qué es esto?! ¿Estás bien? -le dijo arrodillándose a su lado y al sentirla cerca, la mujer la miró-. ¿Estás bien?

– Ayúdame… -dijo con lo poco que le quedaba de vida señalando la flecha en su pierna.

– ¡¿Te la quito?! -preguntó con su voz marcada entre terror y compasión, y la mujer asintió. Antonia tomó la flecha con su mano temblorosa y tiró fuerte de ella. De la punta ensangrentada de la flecha se veía fluir un líquido verdoso, como si brotara de su interior.

Arrojó la flecha a un lado y miró a la mujer que en ese momento trataba de encontrar algo dentro de un pequeño bolso que llevaba colgado en su pecho. La mujer respiraba rápido y entrecortado como tratando de no olvidar cómo hacerlo. Antonia tomó el bolso para ayudarle y en su interior encontró una pequeña envoltura de terciopelo rojo, sellada con una cinta dorada. Casi sin fuerza, la mujer extendió su mano y Antonia se la entregó. De su interior la mujer tomó un cristal, algo parecido a un cuarzo tallado del tamaño de un dedo meñique, tomó la mano izquierda de Antonia, puso el cristal en ella y con ambas manos la cubrió: – Escóndelo… Mantenlo a salvo… No dejes que lo tomen… -murmuró con dificultad. Luego, respiró profundo y su mano ahora buscaba algo por encima de su hombro-. Mi espada…

Antonia, confundida, con su mano derecha haló de una empuñadura que asomaba en su espalda por entre su cabello.  Una espada con grabados ilegibles y varias piedras preciosas salió de la parte de atrás de su peto.

– Defiéndelo… -dijo con lo poco que le quedaba de voz y soltando un último suspiro, sus ojos empezaron a cerrarse.

– ¿Qué? -dijo Antonia mirando sus manos, un cristal en una y una espada en la otra-. ¿Qué dices? -preguntó mirando la insignificante piedra-. ¿Quiere que proteja un pedazo de cuarzo? ¿Que no lo tome quién? ¿Qué clase de broma es esta? -reclamó y al mirar a la mujer a los ojos, su desespero se volvió tristeza al ver que ellos se cerraban definitivamente dejando caer una última lágrima.

2 comentarios en “Día 2: Martes. Capítulo 2”

  1. Paulis quede antojado… Has logrado cautivarme y no soy un gran lector, pero si me encanta la ficción y la aventura. Muchas felicitaciones, estaré pendiente de cada nuevo capítulo. Un abrazo!

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